29 mar. 2006

Frankfurt, un pedazo de Manhattan en Alemania


Te despiertas una mañana y piensas que puede ser un día muy largo. Da igual que sea mediodía y sigas inmerso en la rutina diaria, todo sigue igual; nada cambia. Llegan las tres de la tarde y todo empieza a cambiar, corriendo a coger el bus de Goslar para recoger un flamante coche de seis plazas. Tendría que ser un Ford Galaxy pero nos encontramos con una Mercedes Vito casi a estrenar. Balles al volante, y aparece el primer contratiempo depósito casi vacío, dónde está la gasolinera.

Encontramos la gasolinera y un nuevo problema, después de pedir 60€ de diésel sólo le entra un euro y otros dos acaban en el suelo. Qué pasa, joder - grita Balles - el indicador del depósito va al reves que en mi coche. Problema resuelto, hubiera bastado con fijarse un poco.
Después de cuatro horas llegamos al aeropuerto de Frankfurt a recoger a nuestros compañeros de viaje: Antonio, Ruth, Esther y Lorena. Si llegamos a saber que Iberia iba a perder sus maletas, hubieramos cogido un coche más pequeño. Después de los saludos y las lamentaciones, bajamos a Frankfurt en busca del hotel. Bajo la lluvia y en mitad de la noche sólo se distinguían enormes torres acristaladas una detras de otra, también llamados rascacielos, encontramos el hotel, y nos fuimos a la cama.

Sábado por la mañana son las diez y ya estamos desayunando, uno de los mayores desayunos que he comido nunca, había un millón de cosas y como todo estaba pagado, pues probé un poquito de cada cosa. Con el estómago a reventar y sin una guía de la ciudad sólo había que ponerse de acuerdo en hacia que rascacielos debíamos ir y si lo haríamos a pie o usaríamos transporte público. Y la verdad, como comprobaríamos más tarde, erramos las dos decisiones; fuimos siempre a pie y fuimos a un rascacielos bastante alejado y nada interesante. Una vez que conseguimos hacernos con un mapa cambiamos de rumbo hacia el centro de la ciudad.

La deriva inicial nos permtió recorrer parte de un barrio residencial de Frankfurt, con sus casitas de dos pisos, de madera y muy acogedoras, se respiraba tranquilidad por aquellas calles, era Alemania, me faltaba una salchicha y una birra para una buena postal de Alemania. Entonces llegamos al centro y todo cambió. Desde que estuviera en Manhattan no había tenido aquella sensación, cuando recorres con la mirada un rascacielos una vez que llegas arriba y empiezas a bajar de nuevo la vista, un pequeño mareo recorre tu cuerpo, las piernas te fallan y sientes una angustiosa necesidad de agarrarte, por unos instantes pierdes el equilibrio; hasta que tu cerebro reacciona y le recuerda a tu cuerpo que estás en la acera y que todo ha sido una ilusión. Entonces vuelves a mirar al frente tranquilo y sin mareos, pero en un instante vuelves la cabeza y otra vez miras hacia arriba para volver a experimentar la sensación del marinero del skyline, así como un niño pequeño una y otra vez hasta que alguien te obliga a reemprender la marcha. Sigues recorriendo el centro financiero de Europa y te das cuenta que los bancos son la iglesia del siglo XXI, tienen todo el poder y lo muestran en sus catedrales verticales gigantes, pero no te ofrecen la salvación.

La zona vieja de Frankfurt, alrededor de la catedral y junto al río, es muy acogedora vuelven las plazas con casas pequeñas y llenas de colorido. Plazas bulliciosas donde los turistas se mezclan con los lugareños y con algún que otro artista callejero. La calle de los sibaritas también tenía su encanto, un espejo del capitalismo comida, ropa, joyas y políticos en campaña electoral; y todo eso en una calle peatonal de no más de 600 metros. El ayuntamiento, una ciudad más, es uno de los edificios que no hay que dejar de visitar. Seguimos bajando hasta llegar al río, entonces toca elegir el puente por donde cruzar el río Main, al otro lado me esperaba una de las grandes sorpresas de la visita. Era un mercadillo parecido a un día de feria pero sin animales, la mayor parte de los puestos estaban ya cerrando, nos pusimos a echar un vistazo y en un puesto de cds y Lps encontré una joya que no pude dejar pasar. La edición alemana original en vinilo del Ziggy Stardust de David Bowie, uno de mis discos favoritos, 8€ me pidió y ni pude regatear. Parecía un niño pequeño cruzando el puente con mi disco bajo el brazo.

Se hacía tarde y pronto tendríamos que volver a Clausthal, pero en Frankfurt la última parada siempre debe ser la sede del Banco Central Europeo, otra vez a los rascacielos pero esta vez había que subir. Tras pagar y pasar un estricto control de seguridad, cualquier cosa puede llegar a pitar, creerme hasta la que menos te puedes esperar; subimos los 54 pisos en un ascensor y los dos últimos andando. Desde tan arriba todo resulta hermoso y muy pequeño, sino fuera por el frío podría haberme quedado horas viendo la ciudad. Ahí arriba el tiempo se detenía y daba igual donde mirases porque todo era una postal inolvidable.

Después de todo un día de caminata llego el momento de regresar a Clausthal, el fin de semana sería muy largo y acababa de empezar. Atrás quedaba el motor económico de la Europa de los 25, por ahora.

14 mar. 2006

Hamburg, la ciudad que no duerme

Tras la cabezadita reparadora ya estaba listo, me levanté, me vestí y me tome una birra; así empezó mi noche de fiesta en Hamburgo. Después de haberme tomado otra cerveza bajé hasta el saloncito del albergue y allí estaban Pablo, Javi, Sandra y Belén; así que me puse a beber con ellos. A las doce de la noche decidimos salir e ir hacia St. Pauli a comenzar la dura jornada nocturna.
No habríamos andado ni 100 metros cuando, al pasar por una especie de teatro abandonado, oímos música. Vimos a alguién que entraba por una puerta lateral, y allí fuimos. Era el típico teatro okupa, yo nunca había visto uno, con una banda haciendo una jam session; el sitio estaba cojonudo, buen ambiente y música en directo, que más se puede pedir... pues algo sí, tocar también en la jam. Así que poco a poco nos fuimos haciendo con algún instrumento y a tocar. Fue cojonudo, pero había que seguir para llegar a St. Pauli, ya estabamos cerca, atravesamos de nuevo la zona de ambiente, mucho más bulliciosa que de día, con mucha gente al menos llamativa y por fin delante nuestra apareció la gran zona de marcha de Hamburgo, vaya si hay marcha. A partir de ese momento entramos en una espiral de gente, cerveza, fiesta, baile, más cerverza...... y de pronto ya eran las cinco de la mañana.
Durante ese tiempo nos pasó de todo, nos perdimos y nos encontramos, fuimos a garitos con música en directo y a otros con dj; y todos con algo en común, había gente mucha gente, de fiesta, de buen rollo y firmando en mi mapa de Hamburg. Hay que ver de cuantas formas distintas se puede llegar a escribir Moisés.
Eran las cinco y hacía tiempo que iba bastante contentillo. Entonces Javi me pregunto cuánto nos habían pedido a nosotros; pedido quién, lo qué, de que cojones me habla este tío. Entonces me di cuenta, cuando nos perdimos al llegar a St. Pauli fuimos a un garito a beber algo, saltándonos una de las grandes atracciones de Hamburgo la calle de las mujeres de la vida, o sea putas. Como el barrio rojo de Amsterdam pero a escala. Avisé a Balles y a Pablo y para allí fuimos, no es una gran caminata unos 30 segundos, y sin eses hubiera sido menos; llevábamos un guía experimentado como Javi que iba por su segunda visita, no sé que dijo que se le había olvidado. Llegamos al gran biombo rojo y entramos, las mujeres no pueden pasar a no ser claro que sean trabajadoras, y te encuentras lo que te esperas: mujeres atractivas y ligeritas de ropa, como un gran escaparate con maniquíes vivos. Lo cierto es que yo no valgo mucho para eso y cada vez que una abría la ventana para hablarnos, con esa poquita ropa y el frío que hacía fuera se me rompía el corazón, un poco si. No creo que sea una gran atracción turística, bastante tienen con aguantar a los clientes para aun encima también mirones. Aunque si todos los voyeurs fuesen como fuimos nosotros estarían encantadas, menudos caballeros que fuimos.
Acabada la operación maniquí viviente, continuamos la fiesta en otro garito y a las siete para casa, a ver si se podía dormir un poco antes de dejar el albergue, a las once la salida. Por el camino incluso conseguimos comer algo, un par de estiradas en la nieve y a dormir. A las once en pie, una ducha de agua fría y otra vez a caminar, le dimos un par de vueltas al puerto y a la estación para regresar a casa, por lo menos hizo bastante sol y fue más agradable. Aunque no dejabamos de parecernos a la Santa Compaña.
Fue un fin de semana bastante intenso y totalmene recomendable para casi todos los públicos.
Volveré.

TRAVELER: Hamburg, ciudad cosmopolita

Por fin llego el día para salir de Clausthal, destino Hamburg. A las 7:30 de la mañana y sin haber dormido mucho suena el despertador y todo comienza. Como vivimos en un pequeño pueblo antes de coger el tren hay que hacerse media horita bus.
Los fines de semana la Renfe alemana (DBahn), vende unos pases que permiten a 5 personas por 30 € coger todos los trenes, autobuses, metros o barquitos; todo lo que quieras durante un día, alta velocidad no. Así que éste y cualquier otro viaje futuro empezará siempre del mismo modo: madrugón y wochenende ticket. También algún que otro transbordo de tren, para hamburgo cambiamos dos veces de tren, pero como teníamos margen no hubo que correr. A la llegada a Hamburgo lo que más m llamó la atención fue, sin duda, el frío que hacía. Por un momento pensé que estaba en casa, nada más bajar del tren regreso esa sensación de frío intenso que se clava en la cara y va avanzando por el cuerpo hasta helarte los pies, abrigarse a tope y a caminar.
Veníamos escapando un poco de la nieve pero no pudo ser, porque después de 30 años volvió una gran nevada a Hamburgo, y ahí estaba yo para contároslo. Lo primero que hay que hacer cuando se llega a una nueva ciudad es ir hasta el albergue que has reservado, ver si ha sido una buena elección y dejar la mochila, esta vez nuestro gran dormitorio de 25 camas estaba bastante bien, aunque en ese momento aún no sabía que no habría agua caliente todo el finde semana.
Quizás haya que incluir la compra de kalimotxo entre lo primero que hacer, cuando viajas con Javi, Iban y Paul. Es una buena manera de no pensar en el frío. Con todo preparado empezamos a conocer Hamburgo. Es una ciudad con muchos matices, grandes edificios se mezclan con las típicas casas alemanas, mesones y restaurantes de todo el mundo, todo colocado sin un orden aparente, puedes encontrar una gran iglesia y un poco más alante la Talstrasse, cuna del orgullo gay en Hamburgo, con su propia vida y ritmo. Más alante St. Pauli, donde después descubriría que la fiesta en Hamburgo nunca se acaba, y al final del camino el puerto. Una gran lengua de mar se adentra kilómetros y kilómetros hasta llegar a Hamburgo y ahí han construido un gigantesco puerto unos veinte Queen Elizabeth 2 podrían atracar en ese puerto, y quedaría sitio para el barco de Novelle.
Como teníamos el transporte pagado nos montamos en todos los que había, aunque es cierto que nunca apareció ningún revisor pidiéndonos el ticket. En Alemania la buena fe se presupone, los semáforos son semáforos y hay que esperar la luz verde para cruzar, el ambar para los coches es ya rojo, y el claxón es un elemento decorativo. Por eso ya no me extraña que no haya tornos, ni revisores, sólo máquinas automáticas donde coger el billete. Si actuasen de la misma forma en España no sé cuanto gente viajaría pagando. Pero si quieres entrar en un baño se acabó la confianza y la buena voluntad, primero pagas y luego pasas a hacer lo que quieras. Una recomendación nunca ajusteis mucho para ir al baño, dejar un pequeño margen para cambiar el dinero, que se pueda caer, que no vaya bien el torno; demasiados obstáculos como para ir con prisa.
A media tarde el frío comenzaba a hacerse muy duro, sobre todo para los que cogió desprevenidos, como Pablin que no le quedo más remedio que comprarse unas botas, grandes, y unos calcetines. La hora de comer comenzó con el desayuno en el primer tren y acabó a la hora de la merienda, cuando tenías hambre pues comías algo y seguías caminando. Hasta que a las siete de la tarde decidimos volver a casa. Paramos a comprar bebida para el botellón y cenamos algo en un turco cerca del albergue. Ya con el estomago lleno, una ducha de agua fría y una pequeña cabezadita reparadora, estabamos listos para conocer la noche de Hamburgo. Pero eso ya es otra historia.

6 mar. 2006

TRAVELER: Carnavales en Clausthal

Después de una semana adaptándome a la nieve, la cerveza y un poquito a la gente; llegaron los carnavales. Aquí no hay mucha tradición de carnaval, a no ser que uno se vaya a Colonia (de hecho hubo quien lo hizo), así que tras decidir quedarnos aquí era necesario pensar que haríamos. Como basta con ser original una vez en la vida, sugerí la reidea vayamos de fichas del tetris.
Decidido el disfraz y a donde ir, lo del sitio fue más fácil porque sólo había un garito que organizaba una fiesta de disfraces, adelante.
Con el encargo de comprar las materias primas Balles y yo nos dirigimos al MarktKauf, por el camino entre la nieve y amagando con irnos al suelo, empecé a pensar que quizás no fuera tan fácil conseguir las cosas, así fue. No había cartulinas decentes, no había forro, ni relleno, ni cinta aislante; así que arramplamos con lo que pudimos y nos fuimos a casa de Jesús y Aída para hacer los disfraces. En casa con el partido Zaragoza - Barsa de fondo comentado en chino, nos pusimos a currar y tomar unas birras, y antes de que Etoo amagase con pirarse del campo ya habíamos acabado, así que dedatimos lo de Etoo y nos tomamos otra birra.
A eso de las doce llegamos al Anno Tobak. La imagen era un poco desoladora, eramos cuatro gatos y sólo dos estaban disfrazados, tuvimos que armarnos de valor y darle caña a la cerveza, el dueño del garito (Asterix el germano) nos colaba algún chupito de tequila y así fue corriendo la noche. Entre medias quedamos terceros en el concurso de disfraces, premio compartido, 5 euros para los ocho que íbamos juntos, más chupitos y más cervezas, hasta que se acabó la fiesta, bajaron la música, tocaron la campana y cada uno para su casa. Eran las cuatro de la mañana como unos días antes ya había aprendido que como no tengas comida en casa pasas hambre, no hay ni panadería con bocatas, ni cafetería 24 horas, ni carrito de perritos, nada. Así que para casa en fila de a uno con cuidado de no caerse.