14 mar. 2006

Hamburg, la ciudad que no duerme

Tras la cabezadita reparadora ya estaba listo, me levanté, me vestí y me tome una birra; así empezó mi noche de fiesta en Hamburgo. Después de haberme tomado otra cerveza bajé hasta el saloncito del albergue y allí estaban Pablo, Javi, Sandra y Belén; así que me puse a beber con ellos. A las doce de la noche decidimos salir e ir hacia St. Pauli a comenzar la dura jornada nocturna.
No habríamos andado ni 100 metros cuando, al pasar por una especie de teatro abandonado, oímos música. Vimos a alguién que entraba por una puerta lateral, y allí fuimos. Era el típico teatro okupa, yo nunca había visto uno, con una banda haciendo una jam session; el sitio estaba cojonudo, buen ambiente y música en directo, que más se puede pedir... pues algo sí, tocar también en la jam. Así que poco a poco nos fuimos haciendo con algún instrumento y a tocar. Fue cojonudo, pero había que seguir para llegar a St. Pauli, ya estabamos cerca, atravesamos de nuevo la zona de ambiente, mucho más bulliciosa que de día, con mucha gente al menos llamativa y por fin delante nuestra apareció la gran zona de marcha de Hamburgo, vaya si hay marcha. A partir de ese momento entramos en una espiral de gente, cerveza, fiesta, baile, más cerverza...... y de pronto ya eran las cinco de la mañana.
Durante ese tiempo nos pasó de todo, nos perdimos y nos encontramos, fuimos a garitos con música en directo y a otros con dj; y todos con algo en común, había gente mucha gente, de fiesta, de buen rollo y firmando en mi mapa de Hamburg. Hay que ver de cuantas formas distintas se puede llegar a escribir Moisés.
Eran las cinco y hacía tiempo que iba bastante contentillo. Entonces Javi me pregunto cuánto nos habían pedido a nosotros; pedido quién, lo qué, de que cojones me habla este tío. Entonces me di cuenta, cuando nos perdimos al llegar a St. Pauli fuimos a un garito a beber algo, saltándonos una de las grandes atracciones de Hamburgo la calle de las mujeres de la vida, o sea putas. Como el barrio rojo de Amsterdam pero a escala. Avisé a Balles y a Pablo y para allí fuimos, no es una gran caminata unos 30 segundos, y sin eses hubiera sido menos; llevábamos un guía experimentado como Javi que iba por su segunda visita, no sé que dijo que se le había olvidado. Llegamos al gran biombo rojo y entramos, las mujeres no pueden pasar a no ser claro que sean trabajadoras, y te encuentras lo que te esperas: mujeres atractivas y ligeritas de ropa, como un gran escaparate con maniquíes vivos. Lo cierto es que yo no valgo mucho para eso y cada vez que una abría la ventana para hablarnos, con esa poquita ropa y el frío que hacía fuera se me rompía el corazón, un poco si. No creo que sea una gran atracción turística, bastante tienen con aguantar a los clientes para aun encima también mirones. Aunque si todos los voyeurs fuesen como fuimos nosotros estarían encantadas, menudos caballeros que fuimos.
Acabada la operación maniquí viviente, continuamos la fiesta en otro garito y a las siete para casa, a ver si se podía dormir un poco antes de dejar el albergue, a las once la salida. Por el camino incluso conseguimos comer algo, un par de estiradas en la nieve y a dormir. A las once en pie, una ducha de agua fría y otra vez a caminar, le dimos un par de vueltas al puerto y a la estación para regresar a casa, por lo menos hizo bastante sol y fue más agradable. Aunque no dejabamos de parecernos a la Santa Compaña.
Fue un fin de semana bastante intenso y totalmene recomendable para casi todos los públicos.
Volveré.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

lo que mas me gusta de todo es tu precioso sombrero, un abrazo.

Jacobo dijo...

Vaya par de puteros, mucha fiesta mucha fiesta y a las primeras de cambio nos vamos de putas ¡hay que joderse! tu y el Balles, la extraña pareja, de putas y lo q más me jode es que vais de caballeros ("se me rompía el corazón") pero seguro q no parabais de mirar y buenas pajas os curraisteis ¡cabrones!